Hay algo profundamente humano en este cuadro de Basquiat.
A primera vista parece caos: una calavera abierta, colores que chocan, nada tiene sentido.
Pero si miras despacio, no ves fealdad.
Ves la necesidad de ser salvado.
Es un grito silencioso: “quiero vivir, pero no sé cómo.”
Una belleza que no busca gustar, sino existir.
Porque detrás del desorden hay ternura, vulnerabilidad, verdad.
La belleza más profunda no siempre consuela.
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