Hay escenas que no necesitan explicación.
Solo presencia.
El calor de un fuego.
El sonido constante del agua.
Ambos reconfortan de una forma casi primitiva, como si el cuerpo recordara algo que la mente ha olvidado.
Contemplar una hoguera es asistir a un ritual silencioso. Las llamas dibujan mil y una formas distintas, nunca iguales, nunca repetidas. Observamos cómo el fuego nace, crece, se transforma… y, finalmente, se extingue. Todo ocurre sin prisa, sin intención, sin ruido innecesario. Y, aun así, no podemos apartar la mirada.
Algo muy parecido sucede frente al mar. Las mareas avanzan y retroceden, visten y desnudan la orilla, una y otra vez. No buscan nada. No demuestran nada. Simplemente son. Y en ese vaivén constante, el tiempo parece aflojar su agarre.
Mientras observamos, algo ocurre dentro.
Entramos en un estado de ensimismamiento suave, casi hipnótico. El fuego y el agua no nos exigen atención: la atraen. Nos cautivan sin esfuerzo. Y en esa cautivación aparece algo poco habitual en el día a día: espacio.
Espacio para la reflexión.
Espacio para la calma.
Espacio para el encuentro con uno mismo.
No es casualidad que estos elementos hayan acompañado rituales, silencios y momentos sagrados desde siempre. Nos devuelven al cuerpo, al ahora, a una forma de estar más lenta y honesta.
Y entonces surge la pregunta, inevitable:
¿Hace cuánto que no paras… y te escuchas de verdad?
En NUMMA creemos que la cautivación no es evasión, sino una puerta. Una forma de volver. De habitar el momento con todos los sentidos. De permitir que algo se mueva, sin forzarlo.
A veces, parar no es hacer menos.
Es sentir más.