En la segunda foto ocurre algo distinto. Hay estructura, sí, pero sobre todo hay vida. Hay alma. Hay naturaleza convertida en altar.
La sencillez, cuando es sincera, tiene una belleza que no necesita gritar.
Mi recomendación es muy sencilla: elige tres colores (en Navidad suelen funcionar el verde abeto, un rojo profundo y un toque suave de dorado).
Sal al campo —aunque sea al borde de un camino— y recoge unas ramas. Ponlas sobre la mesa sin pretensión. Deja que respiren, que se organicen solas.
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